Capítulo VIII
Decidir es renunciar
Foco, apetito en lugar de estimación, y el valor de tener algo concreto que ajustar antes que opciones en abstracto.
La escena
Reunión de arranque. Sobre la mesa hay catorce ideas, todas buenas, todas para esta versión. Nadie quiere ser quien tache ninguna, así que se aprueban todas «si da tiempo». No da tiempo. Se entrega una versión que hace catorce cosas a medias en lugar de tres cosas bien, y en la siguiente reunión se discute por qué el producto se siente flojo.
Lo que dice la vara
«No descartar nada, prometerlo todo, y resolver el exceso de alcance metiendo más horas. Decir que no es perder oportunidades.»
Lo que funciona
El foco no se consigue trabajando más, se consigue renunciando mejor. La decisión más difícil de un proyecto no es qué hacer, es qué dejar de hacer, y casi siempre se evita porque renunciar tiene un coste emocional que añadir tareas no tiene. Pero un proyecto que lo intenta todo no prioriza nada.
Una forma sana de decidir es invertir la pregunta habitual. En lugar de preguntar «¿cuánto tardaremos en hacer todo esto?», que produce estimaciones de ficción, conviene preguntar «¿cuánto tiempo merece la pena dedicar a este problema?» y ajustar el alcance a esa respuesta. El tiempo deja de ser una consecuencia que se sufre y pasa a ser una restricción que se elige: primero decides cuánto te quieres gastar, después decides qué cabe.
Decidir pronto y con poco también es mejor que decidir tarde y con todo. Tener algo concreto, aunque sea tosco, sobre lo que opinar bate a cualquier debate sobre opciones en abstracto. Las maquetas, los prototipos y las primeras versiones existen para eso: para que la discusión deje de ser sobre lo que imaginamos y pase a ser sobre lo que vemos. Es más fácil ajustar algo que existe que elegir entre cosas que solo viven en una conversación.
Renunciar bien exige una cosa incómoda: que alguien decida. La fórmula de aprobarlo todo «si da tiempo» no es generosidad, es cobardía con buena prensa: traslada al equipo, en forma de horas, el coste de la decisión que el responsable no quiso tomar. Decir que no a tiempo es el regalo más caro que un buen jefe le puede hacer a su equipo.
Para empezar mañana
- En el próximo proyecto, antes de estimar nada, decide cuánto tiempo merece la pena dedicarle y ajusta el alcance a esa cifra.
- De la lista de cosas «para esta versión», elige las tres más importantes y manda explícitamente el resto a una lista de «quizá más adelante».
- Sustituye la próxima discusión sobre opciones por una maqueta tosca y discútela en su lugar.
«Aprobarlo todo no es decir que sí: es no haber decidido.»
Atribuida a La Vara de Avellano